Hoy está siendo un día de gloria. Gloria humana, no divina. Un día extraño como el uranio. Salgo de casa y compro una tarjeta T-10, voy a la parada del autobús, me siento. Tan solo acariciar mi espalda el incómodo asiento, y en un vago intento de otear el panorama, he visto la luz. Luz en el suelo. Un haz de claridad en el inmundísimo suelo del vehículo. Debajo de mis pies. Desperezo mis manos y recojo ese pedazo de tesoro claro y liviano. Una T-10 nueva. Sin viajes. Intacta. Amena.
Gracias a usted ciudadano o extranjero por haberme hecho feliz con una tontería tan magna.
Es curioso como una tarjeta de autobús puede colmarnos de alegría.